
Y a veces por compartir, comparto mi sexo con las nubes. En intentos vanos de alcanzar con la yema de los dedos, ser amado.
Decae sumergido en alguna bolsa de plástico, la simiente del sol herido. Que preñada la luna lunera, abre puertas para cerrar ventanas.
Persiguiendo caracoles, por la orilla del mar, te vi un día descalza. Con hambre de sueños desvirgados tus ojos, grandes ojos con luz artificial, me miraron para hablarme. No me contaron nada, tampoco los escuché. Me apreté demasiado las manos, evitando lo inevitable al hablar.
Y me atreví a besarte con el bostezo de un ave nocturna que sufre de insomnio. Con el guiño del parche de un pirata. A poner en el empeño toda la vida, de aquellos, nuestros tristes muertos.
Del pasado escondido en cacerolas olvidadas en la cocina, sólo guardo los momentos que no viví contigo, todos.
El viento bajó cansado por las escaleras e imaginé no verte más, no tocarte, no añorarte; no penetrarte con mis palabras. Guardé las sábanas de la cama donde nunca dormí, para hacerla pañuelitos con colores de la gama carmesí.
Y lloré sobre el reloj que nunca calla, derritiendo los minutos, los segundos que no comparto, los que alguna vez por compartir; me los guardo.







