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Por qué, el dolor me cambió.

26 Mayo 2009

“Se me marchó, las ganas aquellas de no ver nada más lo que no se podía ver.

Se marchó una mañana de esas que el sol no sale porque no se acuerda de alumbrar. Y aquella mañana que se convirtió en cualquiera, yo me quise ir también.

Pero su mano era tan fuerte cuando me sujetó, que esa impresión de impedirme ir, me paralizó. Me paralizó como cuando el rayo se queda sordomudo en el cielo, por vergüenza de no molestar.

Un llanto sin consuelo, que no podía consolarse, me brotó como una fuente que emanaba leche y miel. Como si de mis ojos bebiesen las nubes, que sedientas no encontraban cielo donde andar.

Y ese día, se me oscureció.

Se me oscureció dando saltos de tristeza, una TRISTEZA mayúscula. La noche no tenía luna, escondida porque no se atrevía a aparecer.

Aquel cristal que toqué, que hacía de barrera entre su cuerpo y el mío, era frío.

Mayo se sentaba a mi lado.

Se marchó sin una despedida de música, flores y baile. Solamente, se marchó.

Con las ganas de volver a verlo, de sus abrazos inacabados, de sus besos deseados. De su olor que se ha olvidado.

Y aquel día me quise ir yo también. Pero las ganas de irme se me morían, como aquel día, me morí yo.”


A veces, cuando sucede algún acontecimiento trágico el rostro se transforma. Sufre una mutación sistemática y muy concreta en todos sus rasgos. Pero cada cual cambia siempre en un aspecto diferente, no hay dos iguales. Todos sufren la misma transformación, pero comparten de una misma manera una cualidad por llamarla de alguna manera. Se endurecen.

Se endurecen como si se tratasen de máscaras pétreas que no sienten ni padecen.  Quizás el abundante llanto hace que el material se endurezca, que toda su composición se agarrotase sin dejar paso a ningún sentimiento (a que no tengan cobijo en ellas).

El dolor. Toda transformación siempre es dolorosa.

Duele a la hora de masticar, a la hora de hablar, a la hora exacta de pestañear. Todo duele. Pero se va mitigando con el paso del tiempo. Con la caída lenta del tiempo ese dolor se va transformando en una sensación de monotonía. La costumbre hace que todo forme parte de lo cotidiano de una forma natural. La mirada se congela, pero al intentar comprobar esos cambios en el espejo, (en cualquier espejo),  simplemente se ve lo que ya se ha grabado con ese fuego lento de la costumbre; un rostro sin más.

Y ya no se siente más dolor.

A veces recuerdas la forma de llorar, porque ya no lloras como lo hacías antes. Ese acontecimiento traumático que todos vivimos alguna vez, hace que en cierto modo dejes de llorar con esa pureza que antes hacías. El sabor de las lágrimas se vuelve amargo, saladas en su composición. Que solamente hacen abrirte una gran sensación de sed. Los labios se cuartean como si a una larga exposición al sol se tratase. Los ojos. Los ojos toman un color oscuro, sin sentido en la paleta de colores primarios, solamente un color de desecho. El blanco que de ellos formaban parte ahora es rosado. Y cuando vuelves a mirar en ese espejo, (en ese cualquier espejo), no encuentras anomalía que te lo haga resaltar. Porque todo, todo ya forma parte de tu ser. Es parte de tu nuevo ser.

Yo me miro, y no consigo vislumbrar ningún resquicio de aquel, que en un principio yo fui. Reabro viejas sensaciones, viejos cuadernos que ni siquiera se llegaron a terminar de escribir. Mi rostro es fresco mármol que no siente, que no llora porque no tiene sentido el volver a llorar. Que no hace nada, porque hacer algo es tan pesado que no vale la pena siquiera el molestarse después el descansar.

Ese acontecimiento traumático martillea la cabeza de mi alma con un gran ímpetu. El sonido es seco, inmovilizador de mis piernas, haciendo que tiemblen los cimientos de aquel mundo que pensé que nunca se hundiría. (Pero que se hundió).

La noche, esa noche fue fría. Más allá, era húmeda. Era Mayo, y el rocío comenzaba a acomodarse sobre los cristales de los coches, sobre el tallo de las pequeñas plantas de alrededor. Yo fumaba sentado en un banco de cemento. Solamente fumaba porque ya era tarde, y fuese la hora que fuese no podía hacer otra cosa. Todos estaban dormidos, o al menos lo estaban intentando. Y yo solamente despedía humo azulado sin forma concreta, y alguna vez que otra daba un pequeño tiritón. Todo a mí alrededor era injusto, todo era el comienzo de algo parecido al humo del cigarro de ese momento; sin forma y desalentador.

Miré hacia las pocas estrellas del cielo que podía ver, para mí no tenían identidad, no las podría reconocer; pero yo las miré.  Quizás buscaba algún tipo de consuelo que en aquella noche se me negó, quizás la soledad me hizo imaginar algo que ni siquiera estaba ocurriendo y pensé en las caricias de mis sábanas. De aquel calor que se desprende cuando abres las puertas de las casas cuando se transforman en hogares. El olor de mi cuarto, a desorden y libertad. Al ruido de la televisión cuando no quieres escucharla. Quizás recordase lo que en ese momento no tenía, y sabía ya de antemano que no me volvería a deleitar.

Entré dentro sin hacer ruido.

Dormían en dos sofás acurrucados, con los abrigos como mantas; pero sin soñar.

Entré más adentro.

Toqué el cristal, el duro y grueso cristal. Estaba frío. Frío y húmedo como la noche, pero sin llegar a empañarse. Tuve ganas de arrancarlo de allí, de hacerlo añicos y sangrar toda la sangre que me dejasen mis venas. Pero al momento mi corazón se tranquilizó, arrancándome un fuerte suspiró desde el interior más desconocido de mi pecho, que se acompañó con un llanto ahogado para que nadie más lo escuchase.

Un llanto que hacía que mi rostro se transformase en tierra yerma sin expresión. Mis labios se cuartearon abriéndose sendas de cicatrices en mi alma, que aunque yo paré; continuó ella llorando. Los ojos ya eran rosados, y empedrados de lágrimas saladas que escocían mi paladar, miré al suelo. Tuve ganas de poder abrazar, pero no podía nada más que anhelar. Mis brazos comenzaron a decaer, sabiendo que nunca lo lograrían alcanzar.

No quería estar más tiempo en ese cementerio, así que salí de la sala para volver a fumar. Para mirar de nuevo a las estrellas. Para imaginar.

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Arrojé por la ventana el arrojo de abrir el cerrojo.

5 Febrero 2009

Sentí más allá del betún de Judea por vestido, que lloraba por hacer algo.

Por aquel amor que se me cayó de las manos, cuando me las lavaba.

Sentí por sentir que era más las llamadas, que los silencios que se callaban.

Por ver lo que no debía, cuando los ojos me tapaba.

Ahora lloro, lavo las llamadas. Y callo lo que veo, amo lo que no siento.

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Cuento del llanto ya llorado

6 Diciembre 2008

“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida”.

Marguerite Duras


Era temprano y aún las nubes eran sonámbulos soldados que velaban al sol. Dentro de una cocina cualquiera, amueblada con lo poco que se puede permitir las personas modestas. Allí cabizbaja y de rodillas limpiaba. Sólo usaba un trapo desgastado que enjugaba en sus lágrimas para aclararlo. Frotaba cada resquicio como si condenada estuviera de hacerlo. Comenzó a nublarse la vista del mismo llanto y apretó con más fuerza el trapo como si agarrase sus cadenas.

> ¿Qué daría una madre por sus hijos?< Dijo. >Yo he dado mis dos pechos para alimentarlos. Y he lavado el suelo que pisaban con mi sangre. Escupiendo a cada mancha para que pudieran salir. Yo he dado el pecho izquierdo para salvar a uno de ellos, y el derecho para abonar la tierra donde se alimentaban. ¡Ninguno ha servido! <. Llora. > ¡Ay!, mis flores; con lo bellas que las planté. Seguiré limpiando con mi aliento el humo que los envuelve, aquel humo que los ciega. <

Se toca el pelo. Coge su larga cola y se la quita. La arroja por la ventana.

>Mi nombre es María, como la dolorosa que sufre en montes calvarios que queman las plantas de mis pies. Mi nombre es Luisa, como ser humano que sólo vive para que los demás disfruten. Yo, sólo yo cargo kilos de mordiscos en el alma. He sostenido en mis brazos, los cuerpos inertes de figuras de porcelana. He sujetado la infancia que no he tenido. Intentando hacer que no se me escape calle abajo. ¡No, no te marches!<.

Deja de limpiar. No le encuentra sentido, ya no tiene más lamento.

>He esperado los brazos de una familia. Y sólo me he tapado con grandes edredones de recuerdos que tenía que tener y no tengo. Poco abrigo me han dado, menos me dio el pecho de mi madre. Sólo me queda lavar los pasos de mis hijos. Purgar pecados que voy a cometer<. Llora sin lágrimas. >¡Mis hijos!. Bebo la sangre de los cordones que nos unieron. La lamo, no me da asco. Soy persona de almidón, la cual hunde sus pasos en barro. Soy Maluniense*. Bienvenidos al rincón que no suelo limpiar porque me duele demasiado. Mi alma<.

*(Maluniense, es como suelo decir a una gran amiga, María Luisa Porras, a la que solemos llamar Malú)