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El girasol que miraba la luna

1 Septiembre 2008 Príncipe de Luna 1 Comentario

Y nos conocimos un día, que llovía, que hacía frio. Un día cualquiera, de esos que no haces caso, de esos que no se olvidan. Un día.

 

                Clickeé en todos y cada uno de mis muñequitos verdes del Messenger, para poder ver la foto que tiene puesta cada uno de los contactos que en él viven. Y por incidencias del caprichoso destino molecular, mis células cerebrales derivaron en un incidente del pasado. (En otras palabras), recordé algunos momentos del pasado.

Dentro de poco el verano se marchará en un velo de calor, porque este año ha sido un año demasiado caluroso para mi gusto. El terral sólo ha dado pequeñas treguas para respirar, pero sin hacer que nos acostumbramos.

Echo de menos el pasado, y está muy claro con la creación de este blog para compartir con todo aquel que quiera leer, los pasados que siempre hago deleite pero que nunca cuento. Pero para lograr comprender lo que una vez me sucedió, hay que conocer, con quiénes me sucedió.

Septiembre asoma la cabeza con pereza por la ventana, porque ahora la vuelta al cole es más llevadera con las súper ofertas de los hipermercados; pero en mi época nada era así. Tampoco ha pasado mucho tiempo de todo aquello, sólo tengo 25 años (¡premio!); pero las cosas eran diferentes. La época escolar no era grata para mí, la verdad es que nunca lo fue, y de cuando era estudiante lo único que guardo con cariño son los momentos de instituto. Sin duda, los mejores momentos.

Cuando entré en el BUP, las cosas eran diferentes. Atrás había quedado ese niño aturdido por una infancia de nubarrones; dando comienzo a una nueva etapa más adulta. (O eso se pretendía). La Eso de pillaba los talones, y al final me pilló. Y es donde entró a formar parte, Alicia.

Tenía el pelo larguito, no tan corto como ahora. Era delgadita, (reconoce que ahora eres más mujer), y su sonrisa no tenía la perfección con la que hoy nos deleita en cada una de sus sonrisas. Para mí, ella era mi mujer perfecta. Hay que tener en cuenta, que yo por mucho que saliese por el ambiente, y por muchos que pasaban por mi piedra pómez, aún no había declarado abiertamente mi homosexualidad. Pero aún así, ella representaba mi ansia de mujer.

Coincidimos en la misma clase, nuestro tutor era de pega, ya que nuestra verdadera tutora estaba de baja laboral por una depresión a causa de la Eso. (Objeción de conciencia).

Delante de mí se sentaba una tal, Inma, delante de ésta Inma se sentaba otra Inma. A mi izquierda un Alberto, a mi derecha Sol, y delante de Sol Ali. A todo esto yo era el último de la clase, ya que no soportaba estar delante; y con mi cetro de rey indiscutible prefería presidir todo mi reino emergente.

Ella como yo, gritaba e incitaba a todos a jugar en mitad de las clases, consiguiendo suspender todas excepto Educación Física, Ética y Religión. Dicho sea, que yo también fui arrastrado por esa creciente manera de no trabajar.

-Hola, me llamo Alicia; vengo de “Los olivos”-.

-Hola, me llamo Joni, estoy aquí desde que se hizo el instituto-.

 

Nos mandábamos cartitas en mitad de las clases, en ese correo certificado de mano en mano. Yo quería besarla, quería besarla. Nos traíamos un gran juego, un gran tonteo que nos divertía y creaba un gran ambiente de reiterados comentarios indirectos.

Yo era un déspota, siempre todo se hacía y deshacía a mi antojo y aquel que no estaba de acuerdo sufría las consecuencias. En la clase, estaba una muchacha, la más peligrosa del instituto que imponía sus leyes a base de palizas a la salida del horario escolar, y esa era mi arma de destrucción masiva.  Me subía en la tarima, sintiéndome caudillo de aquel lugar, y relataba las nuevas normas de comportamiento según mis designios, todos eran mandados a callar por la “peligrosa”, y acataban mis órdenes a cambio de sobrevivir un día más en aquel lugar. Y yo reía, como un niño que se salía con la suya. ¿Todos callaban?, no, todos no.

Alicia se levantaba y gritaba la gran injusticia que yo hacía, y mis reiterados atentados contra la libertad personal. Y aquello provocó en que la esperasen en la salida del instituto.

Pero tuve que librarla de aquello, y desde entonces, no pude librarme de nada más.

 

 

 

 

Sonó el timbre, el Furby que habíamos traído al instituto rebotaba contra la campana y mientras, nos tirábamos en el suelo partidos de la risa.

Borrachos, después de tantos chupitos entramos en Paradise, detrás de la catedral ocho años atrás. Yo había reconocido ya mi homosexualidad, y dos años después de mis primeras salidas, cogí de la mano a Alicia y decidimos que era su turno. Y en el oído le repetía, “tú también eres como yo”. (El tiempo, nos dio la razón).

La primera vez que lloré con ella, sentados en un banco verde del patio de aquel instituto. Era final de curso, y los dos nos habíamos metido en un gran lio sin comerlo ni beberlo. Hubo un robo, y como nos convertimos en los cabecillas de todas las travesuras, nos culparon de aquello.  Se sustrajeron unas carpetas, que después aparecieron; que uno de la clase quitó para dar una lección a las dos Inmas sentadas una delante de la otra. La clase, que tanto nos había puteado, y que nos retiraron la palabra se quedaron en silencio y no reconocieron sus errores.

No fue la última vez que ella me vio llorar, ni que le prestase mi hombro para su consuelo.

Las casualidades no forman parte de nuestra vida, de nuestro universo paralelo creado por el estruendo abrir de un girasol. Y poco a poco el sol del día nuevo, se abrió paso para nuestro camino.

Ella estaba sentada en casa de Adela, de una compañera de sus primeros años de Universidad, viendo con más gente una película cualquiera. Yo mientras abandonado por la mano de Dios, en un rincón del ambiente homosexual, haciendo gala de mis conquistas.

Una mujer, le apretó la rodilla.

Una mujer, me  empujó en el servicio.

Ella sintió un pellizco en el estomago.

Yo, también.

La miró con ganas de besarla, porque se había enamorado.

Yo me miré en el espejo, porque estaba demasiado condenado.

 

Ella me conoce perfectamente y sabe porque y cómo respiro. Yo sé a quién deja de amar, y con quien ha volado. Se creó un girasol que miraba a la Luna, que se partió por la mitad.

Alicia, mi mitad.

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