Según vivimos, actuamos de un modo u otro. Dependiendo siempre de aquellas cartas, que nos han dado para una partida, sabida de antemano, perdida.
“Sonrió iluminando aquella noche con la compañía de varios destellos de algunas explosiones que iluminaron el lugar donde nos encontrábamos. Nos anudábamos con movimientos felinos. Su respiración tan cercana a mi oído me erizaba el pelo. Creía que mi corazón explotaría en cualquier momento, confundiéndose con los disparos del exterior. Su gemido se grababa en mi mente como los colegiales grababan su nombre en la corteza de los árboles. El tiempo debía parar sin explicación alguna para que de ese modo yo me acercarse al sentido de mi vida. Nuestro cabello se enredaba al mismo son que sus muslos a mis caderas, con ese movimiento constante de mar contra roca, de la rama que nunca se parte contra cristal de la ventana en la noche.” Escribí una vez…
Algún día, se oirán como caen los ángeles desnudos del cielo, en algún momento que no esperemos que pase nunca más.
Algún día, se quitarán las ropas las monjas recatadas para sorprender a las nubes, que sinceras ni las miran.
Y cuando llegue aquel día, ese momento que no nos llega. Sonreirán los pájaros con los picos engalanados. Aquel día, en el que explotará el corazón palpitante en la boca.
Algún día que aprendamos a hacernos el amor, un día que no sabemos en qué calendario se esconde, ni en qué agenda está anotado.
Ese día que se repetirá en sus noches.
Algún día.






