Cada uno, tiene su cruz
Aparece la luna
con mandil de lunares
perfume de rosas y sonrisas de azahares.
Perdida en el monte queda,
la vecina que lava manteles,
carcomidos por bautizos
con agua de claveles.
Montados a caballo civiles
en busca de gitanos.
Con las frentes de charol sin pena
y las manos recién abiertas.
Paran a la mujer que llora
por el luto de la honra.
La saludan con las riendas
de las manos que cierran.
Desaparece la luna
con zapatitos de soledades
Maquillada de lavanda y savia
para aliviar las edades.
Habla vieja perdida, dime dónde te quedaste.
Contesta con risa callada,
arriba en el monte sentada.
Adoro a Lorca, y por eso escribo esto intentando no insultar su estilo. Pero lo hago porque debo de escribir con el honor de mi devoción para poder dedicarle algo, por pequeño que sea, a mi gran compañero, amigo, vecino de calamidades… Eduardo.
Ahora se encuentra realizando labores de voluntario internacional en nuestra amada-odiada Cruz Roja. Qué grande eres, y qué orgullo poder hablar sobre ti.



