Felicitación
Queridos Todos:
Espero que estéis bien ante todo. Hace ya bastante tiempo, aunque ya sabéis que el tiempo es algo muy relativo, que de alguno no sé nada y de otros ni siquiera recuerdo. En algún momento de nuestras vidas, cada uno de vosotros y vosotras formasteis parte de mi vida; al igual que yo de la vuestra. Y quizás promovido por las ya fechas navideñas, hago ésta reflexión compartida, tan meditada que al final ni siquiera la iba a escribir y al final; aquí está escrita.
No quiero que nadie se moleste, pero de antemano sé, que todo lo que yo haga, os molestará.
Como dice Carlos Chaouen en su canción “Semilla en la tierra”, Duele, la vida como un puñal hay veces que duele…
Es curioso cuando miramos atrás, y siempre recordamos que éramos más felices que ahora; más guapos, más delgados, más de más que ahora. El ser humano, y sobre todo ésta generación se queja por quejar; por encontrar siempre un por qué de todo. Pero yo hoy, al mirar atrás me he dado cuenta que antes no era más feliz, ni más guapo, ni más delgado ni más de lo más. Ahora soy algo diferente a lo que un día fue. Soy feliz, de un modo a mí manera soy más feliz que ahora, sabiendo mis limitaciones, mis problemas y mis carencias. Igual de delgado y guapo, con una cara que ahora tiene pequeñas arrugas de expresión de reír y llorar. Y de otro ángulo acostado de perfil en las laderas de mi cama, soy más de lo más comparado con lo que una vez fui. Todo, os lo debo a todos. A los que se han caído por el camino (protagonistas de la carta), y los que aún están.
He pensado que es posible ser yo el culpable de vuestras caídas durante este camino, que no he esperado el tiempo suficiente sentado en algún banco a la sombra de una palmera a eso de las diez de la noche, para ver si llegabais en algún autobús con retraso. Si es así, lo siento; aunque no intente ser humilde ya que no lo soy, y lo sabéis. Soy prepotente, arrogante y creído. Carente de amores que me han traicionado con una lista sexual bastante larga que han dejado huellas en esas carreteras de peaje de mi piel. Pero siempre me he considerado divertido, un poco pesado e intolerante con aquello de llevar a extralimites aquello de la honra por la amistad, lo que para mí hasta el día de hoy me ha dado fuerzas para levantar la cabeza con un poco, casi nada, de orgullo.
Tal vez, sea culpable de no reconocer a tiempo esos defectos, y apoyaros en algo que aún no sé qué es. En alguna lucha personal, en dar un abrazo, o en fabricar un cohete espacial. Y por eso mismo, si fuese ese el caso, también os pido perdón. Os pido perdón porque parte de la culpa, a vuestros ojos, la he tenido yo. Y en ese perdón del cual no quiero respuesta, reside un adiós doloroso. Un “qué te vaya bonito, y espero que todo sea felicidad en tu vida”. Doloroso porque despido aquellos momentos en los que no supe entender que hicisteis algo de un modo queriendo no causar daño y yo, no lo comprendí (o ni siquiera pregunté).
La vida, es algo muy maravilloso. Es lo más de lo más y creo que ni para vosotros ni para mí sea saludable esperar que llegue la parca (que no es la Paca), con un vestido típicamente negro; con manos calientes y un café bastante cargado.
¿Conocéis aquello de mi estado melancólico de mis zapatos?. Es aquello que cada seis días siento al hacer balance de la semana, al ver que tanto he amado para perderse a orillas del río seco de nuestra ciudad. De lo que no pido perdón es de haberos amado, de intentar cuidaros y de siempre a mi modo, intentar hacer las cosas bien. Lo hemos pasado bien, hemos reído, también llorado en otras tantas y ahora.
Ahora no sirve de nada comentar por qué, ahora, ya es demasiado tarde para nada.
En este año próximo sólo espero que seáis buenos, que la felicidad os pegue dos veces a la puerta y haya más sonrisas que otros menesteres.
Sin causar más molestias, un hirviente abrazo.
Adiós…
(S, A, M, C, V, J, I, F, …)
“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida”.
Marguerite Duras
Era temprano y aún las nubes eran sonámbulos soldados que velaban al sol. Dentro de una cocina cualquiera, amueblada con lo poco que se puede permitir las personas modestas. Allí cabizbaja y de rodillas limpiaba. Sólo usaba un trapo desgastado que enjugaba en sus lágrimas para aclararlo. Frotaba cada resquicio como si condenada estuviera de hacerlo. Comenzó a nublarse la vista del mismo llanto y apretó con más fuerza el trapo como si agarrase sus cadenas.
> ¿Qué daría una madre por sus hijos?< Dijo. >Yo he dado mis dos pechos para alimentarlos. Y he lavado el suelo que pisaban con mi sangre. Escupiendo a cada mancha para que pudieran salir. Yo he dado el pecho izquierdo para salvar a uno de ellos, y el derecho para abonar la tierra donde se alimentaban. ¡Ninguno ha servido! <. Llora. > ¡Ay!, mis flores; con lo bellas que las planté. Seguiré limpiando con mi aliento el humo que los envuelve, aquel humo que los ciega. <
Se toca el pelo. Coge su larga cola y se la quita. La arroja por la ventana.
>Mi nombre es María, como la dolorosa que sufre en montes calvarios que queman las plantas de mis pies. Mi nombre es Luisa, como ser humano que sólo vive para que los demás disfruten. Yo, sólo yo cargo kilos de mordiscos en el alma. He sostenido en mis brazos, los cuerpos inertes de figuras de porcelana. He sujetado la infancia que no he tenido. Intentando hacer que no se me escape calle abajo. ¡No, no te marches!<.
Deja de limpiar. No le encuentra sentido, ya no tiene más lamento.
>He esperado los brazos de una familia. Y sólo me he tapado con grandes edredones de recuerdos que tenía que tener y no tengo. Poco abrigo me han dado, menos me dio el pecho de mi madre. Sólo me queda lavar los pasos de mis hijos. Purgar pecados que voy a cometer<. Llora sin lágrimas. >¡Mis hijos!. Bebo la sangre de los cordones que nos unieron. La lamo, no me da asco. Soy persona de almidón, la cual hunde sus pasos en barro. Soy Maluniense*. Bienvenidos al rincón que no suelo limpiar porque me duele demasiado. Mi alma<.
*(Maluniense, es como suelo decir a una gran amiga, María Luisa Porras, a la que solemos llamar Malú)