La noche de esa llamada
El niño que nunca se agota, no tenía ninguna intención de llorar. Su gesto decía lo contrario, pero no le hice caso y continué escribiendo todo lo que me afloraba en la libretita naranja regalo de marca publicitaria.
El pasillo de aquel lugar tan callado era amplio y gris. Los focos amarillentos intentaban caldear, dar un ambiente de comodidad, sin éxito.
Levanté los ojos sin mover la cabeza y el niño seguía allí. Sentado sólo con el pañal, sus rosados mofletes de diez años me recordaban dos grandes pasteles a punto de estallar por culpa de la temperatura del horno.
La noche se adelantaba tranquila, con la dulzura del silencio envolviéndome sin llegar nunca a provocarme el sueño que me estaba prohibido. Bostecé varias veces intencionadamente, intentando que el pequeño personaje que me acompañaba, también comenzase a hacerlo por mera imitación. Su semblante se hizo más serio.
Me dolía la mano, solté el bolígrafo que salió rodando con ese sonido de redobles. Llegó el momento en el que no lograba imaginar nada más. Suspiré, me rasqué los ojos y el niño me miraba con el mismo gesto de antes.
Sonó el teléfono, ninguno de los dos nos inmutamos.
-Pabellón de psiquiatría infantil, dígame-. Seguíamos sin apartar la mirada el uno sobre el otro.-No, lo siento mucho se ha confundido. Debes de marcar la extensión cuatro. Ésta es la cinco, de acuerdo; buenas noches-. Otro suspiro.-Qué ojos más grandes tienes, ahora es cuando tú me tienes que responder. ¡Son para verte mejor!-.
Me levanté.
-Y ahora, nos vamos a la cama-. Sonó el teléfono. –Pabellón de psiquiatría infantil, dígame-.
-Hola-.
Dejé de hablar, no podía enfrentarme a esa voz.
-Hace tiempo que no te veo, no hablas. Lo comprendo. Ahora, te oigo respirar, me conformo con eso-.
A veces, nos llega una noche, en la que nos damos cuenta que por más que no queremos desechar algo, nos es imposible tirarlo al cubo de desperdicios, así; sin más. Pensamos que ese momento nunca nos llega, que se encuentra demasiado lejos de nosotros y que en esa carrera constante, nos dará tiempo a parar y descansar. Llegó ese momento para mí. Por más que había huido, ese momento me había alcanzado sin dejarme tiempo a respirar.
-Comprendo que no me hables-.
Me dijo, con esa seguridad que tanto le caracterizaba. Con sus palabras que se me asemejaban a una tinta de calamar, que siempre confundía mi fondo marítimo. Y siempre, sus tentáculos me abrazaban con cariño estrangulador, con ese cariño desde verdugo hacia víctima.
El niño en pañales, me miraba como se mira a la pared, que en su comparación, yo estaba igual de pálido y enmudecido.
No comprendía las actitudes de las personas de las que me rodeaban, porque aquel que me llamaba siempre intentaba jugar conmigo a un tira y afloja que yo me negaba.
Ahora, yo le escuchaba respirar, y se mantendría así esperando a que yo rompiese ese silencio. Pero me tenía que negar, ya que después de sin saber de él durante todo el tiempo que quiso no dar noticias, no podía llegar yo a demostrar que tras una llamada de teléfono, yo respondería para bien o para mal.
Esa noche me había llegado.



